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Objetivo cumplido. Mientras la derecha derrama litros y litros de cava para celebrar la defenestración profesional de Iñaki Gabilondo, el periodismo trata de recuperarse de otra estocada mortal para quienes defendemos el libre ejercicio de la profesión. Se veía venir, la entrada en Prisa de capital financiero extranjero y la reestructuración de la firma ha provocado el cierre de CNN+, con el consiguiente número de despedidos. Por supuesto, la información no vende. Como mucho, otorga prestigio al canal que la reproduce. No se puede concebir que un canal de noticias 24 horas dé beneficios. Pero ninguna duda cabe del enorme servicio a la sociedad que presta. El marco de la TDT, además, parecía proporcionar una base factible, una plataforma idónea para que se incluyera un canal diferente, distintinto, ávido de profundos análisis sobre la actualidad informativa.

Eso es lo que precisamente ofrecía Gabilondo. Más allá de su excesivo partidismo, nadie duda de la profesionalidad de un periodista que se ha convertido en uno de los últimos iconos de la comunicación en España. Él nos enseñó a huir de la tiranía de la objetividad, donde se refugia la desinformación, y nos ayudó a comprender mejor la realidad a través de un tratamiento reflexivo y crítico de la cotidiana realidad. “Que se cierre un medio de comunicación es una desgracia para la sociedad, y demuestra que ésta se encuentra enferma de radicalidad y de hostilidades”. Son las últimas palabras del profesional en la emotiva despedida del pasado 23 de diciembre. Se va, junto a él, otro ejemplo de periodismo comprometido: Antonio San José, uno de los máximos hacedores del sueño (tornado espejismo) que constituyó durante años CNN+. Dicen que se va a Cuatro, ahora controlada por el grupo que maneja Telecinco, y cuyos servicios informativos cada vez se parecen más a los del canal de Berlusconi, prácticamente solo apoyadas  las noticias en videos sensacionalistas y con escaso interés informativo.

“El periodismo debe ser un oficio útil para la sociedad”, prosigue Gabilondo. Hoy, sin embargo, esa utilidad se desvanece, asfixiada por la deprabación moral de esa sociedad y por la injusta tiranía que rige el mundo de los negocios (y la comunicación, no lo olvidemos, está sometida a ese régimen). El derecho a la información está condicionado al poder empresarial de imponer sus necesidades sobre las necesidades de la ciudadanía La caída de Gabilondo es una derrota para la dignidad del periodismo, una herida insanable para la sociedad y quizás el fracaso más sonado de la TDT como plataforma multicanal. Muchos canales, sí, pero pocas voces, poca innovación y nula calidad de contenidos de la “nueva televisión interactiva”.

Quien gana es ese lobby difuso que conforman ciertos conservadores con la suficiente influencia como para quitarse del medio a las figuras que puedan ser un impedimento para imponer el reino del uniformismo y la mediocridad: los mismos que en este mismo año han conseguido quitarse también del camino al juez Garzón por juzgar el franquismo y la corrupción del PP. Dos pesos pesados que representan la decencia contra la tiranía y la opacidad, Garzón y Gabilondo, defenestrados por una casta de políticos y empresarios que huyen de la idea de que el pueblo sea un pueblo sabio y conocedor de los entresijos que se esconden tras la superfície de una realidad que nos pretenden camuflar. Ambos, a propósito, compartieron espacio en el último programa de “Hoy”. Una entrevista entre dos fantasmas, dos ángeles caídos, en un medio fantasma, anacrónico, imposible en estos tiempos.

Al final ha sucedido. Conforme han ido pasando las semanas, las publicaciones de Wikileaks efectuadas a cargo del diario El País han acabado derivando en una información parcial utilizada con los fines propios del emporio mediático del grupo Prisa. No hay duda de que el diario español ha priorizado utilizar los cables en su propio beneficio,  sacando a la luz mayoritariamente aquellos que vienen a refutar su línea editorial y controlando en todo momento que el proceso no pudiera derivar en un escándalo demasiado evidente ante la opinión pública.

Mediante ese mecanismo, la lógica del control de la información se ha impuesto: Cuba y Venezuela centran las páginas del diario dirigido por Javier Moreno, así como otros países cuyos intereses no entran en el círculo  e amigos del grupo empresarial español. ¿Es realmente Cuba –una pequeña isla del caribe- tan importante como para acaparar tantas informaciones –algunas verdaderamente inefables, como que Fidel Castro sufrió un día un desmayo-? Mientras tanto, otros países igual o más de autoritarios –ojo, no digo que en Cuba reine la libertad- escapan de la furia del huracán Wikileaks. ¿Por qué? ¿En qué medida El País estará publicando todos los cables realmente relevantes ¿Cómo sabemos que no está hilando tan fino que muchas publicaciones con información imprescindible para la opinión pública no se han quedado por el camino?

El error de Assange –a mi juicio- ha sido dotar del monopolio de los cables únicamente a cuatro o cinco periódicos del mundo. De esta forma, lo que comienza siendo una información libre, sin ambages, termina cayendo en los tentáculos de unos medios poco neutrales que neutralizan la parcialidad para llevar los hechos a su propio terreno. Sometida a la manipulación que subyace en periódicos tan monitorizados empresarialmente como El País, el fenómeno Wikileaks pierde brillo. Assange tomó la decisión de ofrecer los cables escalonadamente y a un pequeño grupo de medios después de que la anterior filtración, correspondientes a papeles de la guerra de Irak, causara sonoros estragos en su organización por la furia con que el “periodismo libre” se lanzó sobre él. Pero con su  última decisión buena parte del potencial de transparencia que profetiza Wikileaks se pierde por el camino.

Otras informaciones contribuyen a reforzar esa tesis. Como sobre todo héroe, sobre Assange comienzan a recaer las más explícitas sombras –y no me refiero a la manida sospecha de agresión que pesa sobre él-. Un medio de izquierdas publicaba esta semana que Julian habría pactado con el gobierno de Israel para evitar difundir información perniciosa sobre el país en la última oleada de filtraciones. Su fuera cierto, el mito quedaría emborronado. Efectivamente, no hay nada que salpique al Estado creado de la nada; por otra parte, uno de los más apetitosos en cuanto a conocer su información oculta. Otros acusan a Assange de dictador. ¿Se le habrá subido el éxito a la cabeza? Buena parte de su ex organización ha montado otra plataforma paralela, con la misma idea de difundir información confidencial: Openleaks. Nadie duda de la hazaña de Assange, pero mitificar su persona no ayudará a comprender la realidad. Tampoco ayudará que unos pocos medios sigan ofreciendo los cables  a la ciudadanía en oligopolio, por supuesto. Ni salvaguardar “la seguridad de Occidente” ni ratificar su línea editorial lo justifica.