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Al final ha sucedido. Conforme han ido pasando las semanas, las publicaciones de Wikileaks efectuadas a cargo del diario El País han acabado derivando en una información parcial utilizada con los fines propios del emporio mediático del grupo Prisa. No hay duda de que el diario español ha priorizado utilizar los cables en su propio beneficio,  sacando a la luz mayoritariamente aquellos que vienen a refutar su línea editorial y controlando en todo momento que el proceso no pudiera derivar en un escándalo demasiado evidente ante la opinión pública.

Mediante ese mecanismo, la lógica del control de la información se ha impuesto: Cuba y Venezuela centran las páginas del diario dirigido por Javier Moreno, así como otros países cuyos intereses no entran en el círculo  e amigos del grupo empresarial español. ¿Es realmente Cuba –una pequeña isla del caribe- tan importante como para acaparar tantas informaciones –algunas verdaderamente inefables, como que Fidel Castro sufrió un día un desmayo-? Mientras tanto, otros países igual o más de autoritarios –ojo, no digo que en Cuba reine la libertad- escapan de la furia del huracán Wikileaks. ¿Por qué? ¿En qué medida El País estará publicando todos los cables realmente relevantes ¿Cómo sabemos que no está hilando tan fino que muchas publicaciones con información imprescindible para la opinión pública no se han quedado por el camino?

El error de Assange –a mi juicio- ha sido dotar del monopolio de los cables únicamente a cuatro o cinco periódicos del mundo. De esta forma, lo que comienza siendo una información libre, sin ambages, termina cayendo en los tentáculos de unos medios poco neutrales que neutralizan la parcialidad para llevar los hechos a su propio terreno. Sometida a la manipulación que subyace en periódicos tan monitorizados empresarialmente como El País, el fenómeno Wikileaks pierde brillo. Assange tomó la decisión de ofrecer los cables escalonadamente y a un pequeño grupo de medios después de que la anterior filtración, correspondientes a papeles de la guerra de Irak, causara sonoros estragos en su organización por la furia con que el “periodismo libre” se lanzó sobre él. Pero con su  última decisión buena parte del potencial de transparencia que profetiza Wikileaks se pierde por el camino.

Otras informaciones contribuyen a reforzar esa tesis. Como sobre todo héroe, sobre Assange comienzan a recaer las más explícitas sombras –y no me refiero a la manida sospecha de agresión que pesa sobre él-. Un medio de izquierdas publicaba esta semana que Julian habría pactado con el gobierno de Israel para evitar difundir información perniciosa sobre el país en la última oleada de filtraciones. Su fuera cierto, el mito quedaría emborronado. Efectivamente, no hay nada que salpique al Estado creado de la nada; por otra parte, uno de los más apetitosos en cuanto a conocer su información oculta. Otros acusan a Assange de dictador. ¿Se le habrá subido el éxito a la cabeza? Buena parte de su ex organización ha montado otra plataforma paralela, con la misma idea de difundir información confidencial: Openleaks. Nadie duda de la hazaña de Assange, pero mitificar su persona no ayudará a comprender la realidad. Tampoco ayudará que unos pocos medios sigan ofreciendo los cables  a la ciudadanía en oligopolio, por supuesto. Ni salvaguardar “la seguridad de Occidente” ni ratificar su línea editorial lo justifica.