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¡Qué cobardes los políticos españoles!”. La frase, de Alejandro Sanz, pasará a la historia como locución contra la cual más ciudadanos se han unido en tan poco tiempo. Las voces insultantes contra el cantante -testaferro y siervo de la SGAE- colapsaron Twitter el mismo día en el que el Congreso logró tumbar la ley Sinde, una normativa dictatorial que preveía el cierre cautelar de webs y la vulneración de los derechos de los usuarios, dando cova a todo tipo de acciones judiciales incompatibles con un Estado de Derecho.

Combatir a la red es imposible. Internet es un mecanismo descentralizado, basado en el hipertexto infinto. Es, por lo tanto, imparable, porque lo abarca todo y porque su capacidad para regenerarse colisiona de lleno con cualquier normativa que trate de regularlo. Los ciberataques que, en los últimos días, se han sucedido contra los partidos políticos y las webs institucionales como medida de choque para frenar la legislación demuestran el poderío que los cibernautas han adquirido si deciden movilizarse -también es triste comprobar que la gente solo se moviliza cuando le tocan las páginas de descargas, es cierto-. El grupo de hacktivistas de Anonymous también han demostrado como la desobediencia civil en línea puede ser terriblemente efectiva y cumplir con creces su propósito, dejando sin servicios a webs de bancos, tarjetas de créditos e instituciones varias.

Frente a ese imparable crecimiento, existe todavía una serie de sectores culturales que parecen anclados en las postimetrías del siglo XIX. La industria discográfica se descalabra y necesita como sea movilizar a los artistillas de poca monta para seguir vendiendo discos (incluyendo a “los de la ceja”). Sin embargo, lo que hacen estos “creadores” al dar su opinión en los medios es desinformar a la ciudadanía. No son conscientes de los datos, que indican que la actividad económica en la que se mueven es hoy imposible de rentabilizar. Es incompatible con el libre mercado (lo demuestran en el blog de PEriodistas 21). Los discos no han dejado de subir, mientras decae el poder adquisitivo de la ciudadanía, horrorizada ante la posibilidad de tener que pagar 30 euros por el disco de su artista favorito (donde, quizás, se salven dos o tres canciones). La plataforma de pago Spotify, sin embargo, demuestra como hay un nuevo campo -la venta en Internet- que debe ser explotado si estos artistas quieren seguir viviendo del cuento (sí, digámoslo claro).

Vivir del cuento en no producir, vamos. Se llaman a sí mismos “creadores”, pero tan sólo son oportunistas que supieron estar en el momento adecuado cuando era necesario. Las discográficas quizás se fijaron en ellxs porque tenían una cara mona o porque cantaban bien. Lo demás fue coser y cantar. Alejandro Sanz, una de las cabezas más visibles del movimiento Pro-“derechos de autor” ni siquiera paga sus impuestos en España. Ojo, hablo tan solo de los músicos -quienes deberían ganarse la pasta en los escenarios, currándoselo, está demostrado que quien más tajada saca de las ventas de discos son las discográficas-. En cuanto al sector del cine, Álex de la Iglesia tiene razón al clamar contra los ingresos desmesurados de las telefónicas en España por el acceso a Internet. Una película supone un gran esfuerzo, pero De la Iglesia supongo que será consciente de que su sector es de los más subvencionados de Cultura. Cabe una regulación, sí, pero ésta en ningún momento debe ser impositiva, sino que debe centrarse en abrir nuevos mercados, si se quiere, en mostrar nuevas posibilildades donde se aunen calidad y comodidad para el usuario.

El debate está abierto. Para quienes únicamente nos bajamos películas que no están de estreno o que escuchamos música de grupos cuyos derechos no están protegidos por la Industria, no queremos vernos perjudicados por aquellos que, ávaros de beneficios y de ventas millonarias a costa de no trabajar, quieren chuparnos la sangre por consumir cultura, un arte tras el cual están las ideas de la ciudadanía, que en ningún caso deben quedar registradas y ser privadas del resto de ciudadanxs. La red debe ser libre, qué duda cabe, y lo seguirá siendo, porque los cibernautas encontrarán nuevas formas de salirse con la suya y de ejercer sus derechos.