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Obsolescencia programada: Se denomina así a la determinación, planificación o programación del fin de la vida útil de un producto o servicio de modo que este se torne obsoleto, no funcional, inútil o inservible tras un período de tiempo calculado de antemano, por el fabricante o empresa de servicios, durante la fase de diseño de dicho producto o servicio.

 

Un impactante documental mostraba el pasado domingo en La 2 cómo las grandes multinacionales delimitan una fecha de caducidad a sus productos tecnológicos a corto plazo con tal de hacer viable su producción sostenida. La industria capitalista moderna impone la necesidad de crecer siempre más y más, lo que supone un incremento exponencial de la producción a cada día que pasa. La jornada en la que, por el contrario, la economía registra una caída de la producción o de los beneficios, el sistema se resquebraja.

No es ningún secreto a voces que las impresoras tienen delimitada una vida (cada vez más) corta. El documental de la 2 nos muestra como los fabricantes introducen a los aparatos un chip con el que controlar fácilmente cuántas impresiones podrá realizar antes de que su dispositivo deje de funcionar. La cultura consumista nos empuja a eso: comprar, tirar, comprar. En las sociedades antiguas, incluso en otras culturas, se hacía impensable desechar un producto poco tiempo después de haberlo comprado. Hoy, a nadie le alarma que un ordenador dure poco menos que dos años, o que un móvil se estropee a las primeras de cambio. La decisión al respecto es fácil: lo tiro y me compro otro, más moderno. Y así es como gira la ruleta capitalista, cómo el sistema subsiste, creando puestos de trabajo y generando “riqueza”.

El problema son, como siempre, los costes morales. El deterioro ecológico de un sistema que no resiste más. El coste medioambiental de un sistema de transportes sobreexplotado, simbolo inequívoco de la libertad de comercio y la globalización. Comemos cerezas en invierno, y a nadie le extraña. Proceden de algún país sudamericano y la huella ecológica que generan seguramente perjudica más a los agricultores a largo plazo que el supuesto beneficio que genera el libre comercio en los países pobres. El sistema de la obsolescencia programada comporta situaciones kafkianas, como la de la empresa que comercializa los platános de Canarias, cuya producción es transportada a Gran Bretaña, donde son empaquetados, y luego devueltos de nuevo a Canarias. Todo vale, parece, si a la empresa le sale más barato y puede ahorrarse costes laborales.

En 1911 se anunciaba a bombo y platillo la creación de bombillas con una duración certificada de 2500 horas. Sin embargo, en 1924, los principales fabricantes crearon un cártel secreto en el que se pactó limitar esa vida útil a 1000 horas. Disponemos de la tecnología suficiente como para aumentar la productividad, mejorando las condiciones laborales de lxs trabajadorxs, incluso reduciendo las horas de trabajo. Sin embargo, el neoliberalismo preconiza la eliminación de los derechos conseguidos en décadas de lucha social, el ajuste del cinturón y el tijeretazo a las pensiones. ¿Alguien se lo explica? ¿Alguien se explica que, como narra el reportaje televisivo, unas medias de nylon se dejen de usar porque eran “demasiado resistentes”, haciendo que la gente comprara meno?

Otro coste de la obsolescencia programada es el increíble volumen desperdicios que genera. La basura se amontona, los países ricos ya no saben donde guardarla. En los últimos años, se ha producido una nueva corriente: la de mandar contenedores repletos de residuos tecnológicos del primer mundo a África. Algunos activistas de los países pobres recopilan trozos de ordenadores Apple (una empresa que se presenta como responsables con el medio ambiente) para demandar a las multinacionales responsables, hartos de que los países ricos inunden su patio trasero de basura.

Tenemos a nuestra disposición las herramientas para crear una economía más sostenible, basada en el decrecimiento, ecologicamente viable y moralmente beneficiosa para todos y todas y, aún así, nos resignamos a seguir por la vía del desperdicio y la injusticia. El sistema económico actual conduce hacia el desastre. Si no reducimos el volumen de producción de las sociedades post-capitalistas, el apocalipsis medioambiental será inevitable. Lo peor es que esa tendencia a usar y tirar rápidamente se impone en la vida moderna en todos sus ámbitos. Las relaciones amorosas, las de amistad: todo pasa por ser una experiencia rápida y liberadora, donde se pierde la calidad en beneficio de la cantidad.